No hay fundamentos naturales o reales para justificar las prácticas del poder. Se trata, en sentido completo, de la ejecución ilegítima del ejercicio de la fuerza con un fin político preciso. No obstante, esta práctica debe pasar desapercibida mediante un seductor juego lingüístico que oculte el crimen cometido y así asegurar la unidad indivisible y estable de su soberanía. Desde hace muchos siglos, los intelectuales siempre se han preguntado por los fundamentos del poder. No sin razón, esta es una cuestión fundamental de la filosofía política: ¿qué funda el poder? ¿qué legitima a la autoridad? Si estudiamos bien las bases de todo gobierno,la respuesta es clara: se trata de la ideología. Por eso, en este artículo, intentaremos dar las claves para la comprensión sistemática de esta ficción teórica que es la autoridad y la soberanía. También exploraremos la forma de desmontarla de raíz, la forma de deslegitimarla y la forma de abolirla de forma definitiva.

La ideología, en pocas palabras, es el dogma de un colectivo y el mito político de un pueblo. Una ideología es toda organización lingüística capaz de evocar imágenes y sentimientos de pertenencia. Constituye, de forma pura, la trasmisión eficaz de núcleos de información no razonada, implícita, inmediata y totalizada, la trasmisión eficaz de una verdad casi mística, sostenida mediante rituales fundados en la fe. Estas son, en términos generales, sus propiedades definitorias: 1. Asignación de rasgos únicos de pertenencia; 2. Colectivización y diseño de grupos cerrados, así como la definición de alianzas intergrupales; y 3. Exclusión cognitiva de la realidad objetiva.

Definido en otros términos más específicos, la ideología sería toda estructura lingüística que ha sido construida arbitrariamente con un fin político, y qué puede ser entendida, en definitiva, como: 1. Un sistema de representaciones y pautas de acción propias de sociedades alienadas a los intereses particulares de grupos privilegiados; 2. Unafalsa concienciaque encubre las relaciones fácticas y coercitivas del poder estatal y naturaliza las relaciones de poder existentes, incluyendo la necesidad de la propia existencia del estado; y 3. Una conciencia, consenso social, hábito o costumbre, que define toda identidad colectiva o sentimiento de pertenencia grupal.

La ideología es, en definitiva, la base mística de los fundamentos del poder y de las prácticas de su ejercicio. La filosofía, por esa razón, se ha constituido historicamente como la tarea dogmática por excelencia, la acción totalitaria e ideológica en sí misma. La filosofía es el proyecto efectivo de la construcción y diseño de las ideologías del poder. Proceso recurrente y retirado a lo largo de las épocas que ha adoptado diversos enfoques y direcciones según los intereses y valores de cada autor. Toda teoría filosófica es, en el fondo, un relato integrante, colectivizante y patológico: una ideología en sentido completo que es preciso desmontar.

Althusser (Aparatos Ideológicos del Estado, 1976) supo definir bien las partes que integran el sistema estatista. El estado, en primer lugar, es un agente represor (monopolio de la violencia legítima). Es un ente superior, abstracto, metafísico y místico que es capaz de imponerse sobre los individuos aislados, concretos y reales. Se trata, en fin, de un concepto y, como toda idea abstracta, precisa de una integración y articulación en un modelo previo, en un marco interpretativo del mundo que, en este caso, debe ser una ideología. Para legitimar la ideología estatal de turno, es preciso asegurar ciertos aparatos o instituciones que la pongan en práctica. La ideología, además, es la falsa conciencia que oculta el funcionamiento violento del sistema: aquello que el sistema tiene que ocultar, para permanecer puro. La ideología, de este modo, destruye la identidad independiente de los individuos, introduciendo en el seno de sus subjetividades un potente sentimiento colectivo que los destruye y enferma desde dentro. Ligar emocionalmente un sujeto a un grupo es hacer ideología, es estar construyendo ideologías. La ideología, en sentido clínico, tiene auténticos efectos traumáticos sobre los sujetos. Así es como se construyen las falsas relaciones de poder relaciones entre los individuos mediante la ficción de un ser místico, totalizador y deshumanizante, que denominamos “Estado“.

El estado es un aparato represivo, pero su éxito reside es hacer como si no lo fuera. El estado es como un arma: una herramienta política especializada. La ideología da sentido político a esa herramienta y construye un sentido inmoral de uso al legitimarla como medio de agresión institucionalizada contra la función empresarial. Quien domina el saber, domina el poder, quien domina las ideas, domina las instituciones del poder. Hay pues, que distinguir esas dos fuentes principales de legitimidad: 1. Los aparatos ideológicos; y 2. Los aparatos represivos. En realidad, ambos están intrínsecamente unidos y son inseparables. Nos referimos, con estos términos, a todas aquellas redes clientelares que conforman las venas normativas del sistema estatal mismo. La vías de acceso al poder, sus instituciones: religión, educación, familia, burocracia, sindicatos y medios de comunicación. Así se coordinan ambos aparatos: 1. Las instituciones ideologías construyen el sentimiento de fraternidad, de odio y de desprecio a lo anormal, a lo marginal y a lo atípico, el rechazo a lo diferente; 2. Cuando aparece una fisura en el orden establecido (es decir, cuando acontece una innovación fuera de lo esperado o planeado por el sistema) inmediatamente se organizan las instituciones para reprimirla, castigarla, criminalizarla y destruirla por completo. Todo sea por no dejar huellas de su existencia y reafirmar la hegemonía.

La conclusión es que los estados no siempre emplean la coerción de manera sostenida y sistemática. En realidad, la clave de su estabilidad es otra bien distinta: es la confianza y el consentimiento voluntario que produce su ideología, así como la filosofía imperante de su tiempo, que la legitima. 

La ideología es una construcción imaginaria, un puro sueño apoyado en escasos hechos de la realidad objetiva. Su fin es alejar a los sujetos de la realidad plena y concreta de su individualidad natural y someterlos a los intereses particulares de una casta política. Este relato logra efectivamente su cometido, pues colectiviza y enajena a los individuos de sus intereses privados y los encierra en intereses colectivos (falsos, inexistentes y ajenos a los suyos propios) contra su voluntad consciente, pero que lo dominan a nivel emocional. Este proceso genera una escisión interna dentro de los sujetos, una suerte traumatismo social que provoca que una parte de su propia naturaleza enferme y se vuelva contra sí misma, buscando su propia destrucción. Esta es la base psicológica de la moral altruista que constituye las bases éticas del estatismo y del estado benefactor de nuestro tiempo: la negación sistemática de la autoestima y del interés propio. Las bases de esta ideología son las siguientes: 1. El individuo no tiene derecho a vivir por sí mismo; 2. El individuo está obligado a anteponer su vida al servicio de los demás; 3. El individuo debe considerar el sacrificio de su felicidad, como el máximo deber, virtud y valor moral.

Entendemos por estatismo, en pocas palabras, la ideología política que postula la necesidad práctica de un estado centralizado y planificador que debe dotar de carácter coactivo a sus mandatos para lograr la coordinación perfecta de la sociedad. El gobierno, en pocas palabras, es el ejercicio efectivo de esta forma de autoridad sobre una población o territorio dado. Teniendo esto en cuenta, estas son algunas de las preguntan que deberíamos hacernos sobre todo este problema que estamos estudiando ahora: primero, ¿de dónde proviene el “derecho” concedido a determinadas personas para, de forma legítima, monopolizar y emplear la violencia con el fin de controlar a los demás? Segundo, ¿puede alguien (un ciudadano) conceder a otra persona (el gobierno) un derecho que, de hecho, no tiene en realidad (derecho al inicio de la fuerza contra otros)? Tercero, ¿si alguien no tiene del derecho de robar a otros para lograr sus fines, bajo que pretexto otorgamos el derecho al gobierno de dictar impuestos para satisfacer los suyos? Si la razón de existencia del estado es que el hombre es malvado y necesita un padre que ponga orden en su vida, debemos responder, en último lugar: ¿qué nos hace pensar que escoger al azar un puñado de esos hombres malvados y ponerlos al mando, va ha hacer que las cosas vayan mejor que antes?

En realidad no hay razón alguna para legitimar o fundamental el estatismo, tan sólo la fe. Ahora bien, la fe en el gobierno es una idea inducida por el dogma. En realidad, el estado moderno es la nueva religión contemporánea. Estudiemos sus fundamentos místicas detenidamente: 1. Una entidad paternalista. Los políticos tienen más poder, conocimiento y libertad que el resto de los individuos del territorio. Las leyes no les afectan, pues son ellos los que las dictan y aseguran el castigo de su incumplimiento. Deben, además, ser amados y respetados por todos; 2. Unos rituales y un culto. Multitud de procesos crean hábito y recuerdan a sus participantes los votos y promesas de lealtad al estado mediante elecciones democráticas, ceremonias, protocolos o saludos oficiales; 3. Unos representantes. El gobierno, en realidad, está constituido por unos pocos, pero ejercen su acción a partir de diversos formas institucionales. Estas instituciones (policía, cárceles, escuelas, ejercito) portan las marcas o las señas de identidad del estado, los signos de su autoridad y reciben de ellos la aureola de su santidad y poder. También se incluyen aquí los fetiches de un nación que causan fascinación irracional y sentimientos de pertenencia: banderas, himnos, escudos e insignias. 4. Un relato trascendental. El mito benefactor y la moral altruista definen el corazón que bombea las venas del estado moderno. A partir de este relato, el estado juzga y proteje a los buenos y castiga y condena a los malos. Es la promesa de redención del pecado, reinterpretada y renovada, para ajustarlo a las necesidades democráticas de la población. El campo se divide en dos fronteras: el paraíso (sistema de subsidios) y el infierno (sistema fiscal).

En definitiva: 1. No existe tal cosa como un contrato social ( en realidad, es un cuento que nos hemos contado entre todos para legitimar el uso de la fuerza del gobierno sobre todos aquellos que consideramos nuestros enemigos); y 2. No es cierta la afirmación “El estado somos todos”. Se trata, más bien, de un sentimiento de comunión religiosa entre los individuos de un territorio dado. Esta pantalla emocional oculta una realidad: que el auténtico gobierno es un grupo privilegiado que domina las prácticas del poder y sus instituciones en su propio beneficio.

¿Cuál es la base y el fundamento del ejercicio del poder? La respuesta es sencilla: todos aquellos fundamentos jurídicos que definen el proyecto de ingeniería social que emplea los medios necesarios para lograr la conservación y la reconducción de las fuerzas productivas de una sociedad en determinada dirección de “interés general“. No existe una forma consistente de explicar las funciones del poder: el poder no se basa en ningún fundamento, sino que es una forma especial de relación entre individuos impuesta por la fuerza (consistente en que uno de esos individuos está legitimado para conducir la vida de otra persona y marcar sus fines y medios según su criterio). El poder es el ejercicio mismo del gobierno. La posición legítima de un movimiento contra-político debe ser la de rastrear los fundamentos ideológicos que sostienen las instituciones que definen los márgenes y límites de su ejercicio real. Hacer contra-política es posicionarse, como si dijéramos, en una serie de experiencias frontera: en las experiencias límite que permitirán definir lugares o prácticas no del todo criminalizadas, no del todo excluidas, no del todo prohibidas, no del todo censuradas, desde las que poder cuestionar aquello que, en una sociedad dada, ha sido tradicionalmente considerado como aceptable.

Sin ánimo de ser exaustivo al respecto, desarrollaré, para finalizar el artículo, algunas observaciones y cuestionamientos que creo necesarios para desmontar estas instituciones, invitando con ello a todo aquel que lo desee, por su cuenta, a una reflexión más detenida:

Educación. Es, en toda regla, una institución que regula el encierro temporal y sistemático para la formación ciudadana obligatoria. Enseña, en última instancia, la obediencia y el respeto de las decisiones del gobierno. El qué obedece es bueno, el qué no obedece es malo. Es la institución de la programación socialdemócrata y de la inducción de la moral altruista: las vidas de los individuos no valen nada sin los demás; nada podrán lograr por sí mismos, sin la ayuda del estado. Esto degenera los fundamentos racionales de una sociedad libre, al volverse en contra de los genios y de los sistemas de selección espontáneos basados en el mérito: produce y crea mediocridad, debilidad, inutilidad y mendacidad. La obediencia se transforma en virtud y la gente se vuelve esclava del sistema.

Sanidad. La experiencia de la locura y la enfermedad es definida por cada sociedad. Ahora bien, ¿cómo se constituye esa experiencia? ¿Cómo ha surgido su sentido político? La medicina no sólo procura la asistencia del enfermo, también contribuye a la creación de un discurso político de exclusión y de encierro. La medicina convierte a la locura en su objeto de estudio en una práctica nada ajena a los aparatos represivos del poder. A lo largo de la historia, el concepto de locura es instrumentalizado con fines ideológicos y sufre transformaciones que delimitan, en cada época, los límites entre lo permitido y lo prohibido, entre lo sagrado y lo indigno, entre lo normal y lo anormal, entre lo sano y lo enfermo, entre la inocencia y la criminalidad. Por eso, debemos preguntarnos siempre, ¿cuáles son las bases institucionales de los conceptos que están bajo el control de la ideología del estado?

Prisiones y policía. Estos son los territorios marginales donde se ejerce el poder penal. La pregunta que debemos hacernos es, ¿qué es el sistema penal en sí mismo? ¿Cómo fue fundado y porqué razón? ¿Cómo se funda y se justifican su naturaleza para legitimar su existencia? Debemos cuestionar razonablemente las bases que sostienen las técnicas de encierro, de vigilancia, de control y de exclusión. Las bases, en fin, que hacen legítima la intrusión en la vida de los individuos, así como la forma en la que estos sistemas penales se regulan bajo ideologías psicotizantes y bajo la necesidad de definir siempre enemigos exteriores.

Religión. Como institución, surge al margen del estado, pero con el paso de los años, fue poco a poco expropiada e integrada en las redes ideológicas del mismo y utilizada para legitimar los instrumentos coercitivos de las políticas morales. La Iglesia, sin cuestionar esas bases, a ejercido durante mucho tiempo (hasta su separación definitiva del Estado) el conocido como poder pastoral, donde la confesión y el relato cirstiano funcionó como un potente instrumento de control del orden moral durante muchos siglos, así como de legitimación misma del poder.

Moneda. Del mismo modo que la religión, la moneda fue una institución expropiada por el estado y transformada en un instrumento a su servicio. El control de las tasas de cambio, los tipos de interés y los privilegios concedidos a la banca, configuran una red de acción que consolida la estructura y la necesidad del estado a largo plazo y que es preciso abolir para liberar a los individuos de su estructura de opresión.

Sexualidad. En este punto la pregunta central es: ¿qué provocó durante tantos años la represión de la sexualidad? O de otro forma más precisa: ¿por qué la relación con la sexualidad y la identidad de género produce tantos problemas con el poder? ¿Por qué la posición sexual incomoda e inquieta a muchos gobiernos del mundo? En definitiva: ¿por qué el género se ha convertido en un problema político? ¿Qué bases ideológicas están a la base del sentido político de este problema?

Derecho. Es la base institucional de las anteriores: la vena central de las instituciones del estado. Del mismo modo que la moneda, la religión (y otras muchas instituciones como la familia, por ejemplo) fue expropiada por el estado para satisfacer sus fines particulares. El derecho legitima la dirección moral del ejercicio de la fuerza sobre los ciudadanos, por eso es fundamental responder a una serie de preguntas clave: ¿sobre qué valores está construido el derecho que sostiene el estado? ¿Sobre que bases ideológicas se entiende el carácter místico de la autoridad de los gobernantes? ¿adopta el estado una función ofensiva o defensiva? ¿legítima o ilegítima? ¿sirve o manda sobre sus ciudadanos?

Ejército y patria. Para entender estas instituciones y la ideología que las sostiene debemos saber responder una pregunta: ¿En que se fundamenta una nación para pedir a un individuo que muera por ella? Pero en primer lugar, es necesario responder a esta otra: ¿qué es una nación? La dimensión militar de la sociedad es muy importante para el funcionamiento del estado es, de hecho, una parte crucial para comprender el derecho internacional tal como es en la actualidad.