La hegemonía es el proceso de conservación institucional de la autoridad, mediante la asimilación social y el consentimiento voluntario de los valores, los intereses y las creencias ideologías particulares de la casta privilegiada que gobierna la sociedad. Significa, en sentido político, que un colectivo ostenta un rango superior y diferenciado que le legitima a ser dueño y señor del curso de los acontecimientos de la historia (es el único que podrá escribir su versión legítima y oficial). O dicho en pocas palabras: allí donde se acumula el saber, se acumula el poder.

Pese a todo, pretender dominar los procesos de la historia no es tan sencillo como puede parecer a simple vista, más bien al contrario. El discurso político implica integrar un importante número de grandes demandas individuales en un mismo movimiento social. La forma en la que se lleva a cabo este proceso de integración constituye el proceso mismo de la escritura de una narración colectiva que los acoge y nombra en un mismo relato. Un relato que se disputa con otros relatos el apoderamiento de los símbolos que dan sentido y forma a una civilización. Hacer política es, en definitiva, precisamente eso: disputar la hegemonía y el consenso social con los rivales y enemigos en el marco ideológico que define las lineas difusas de la historia.

En todas las épocas, los hombres siempre han habitamos relatos muertos, caducos y momificados por sus defensores, relatos desfasados y fuera de curso real, que se alejan del devenir espontáneo y natural de los acontecimientos que sucedían a su alrededor. La traumática realidad para el hombre es que historia no tiene dueño y que este, pretendiendo ser el protagonista de la misma, no puede sino frustrase constantemente al pretender dirigir con precisión el curso de los acontecimientos, interviniendo sobre ellos, para darles una dirección planificada de antemano que siempre se le escapará de las manos. En pocas palabras: un terrible error de arrogancia intelectual. No obstante, en la historia de occidente, no han faltado nunca grandes relatos que, pese a su ineficacia para hacerse con el control de los acontecimientos, sí han logrado legitimar con relativo éxito (por desgracia) los terribles crímenes políticos de los movimientos hegemónicos que han logrado imponerse en las sociedades.

Sin pretender ser muy exhaustivo en este artículo, procederé a desarrollar, de forma breve, la estructura retórica de estos relatos para poder desarrollar mejor las claves de una mejor comprensión del funcionamiento de las hegemonías en el juego político de disputas:

Relato cristiano. El relato se institucionaliza en el año 380, momento en el que se declara el cristianismo como la religión oficial del Imperio Romano, si bien ya tenía una historia previa que había marcado su desarrollo independiente. Esta situación privilegiada, que llegó a ser plenamente hegemónica en la Edad Media, entrará en declive con la reforma protestante en torno al siglo XV, cuando se comienza introducir cierta fragmentación en su unidad narrativa. Incluso aún hoy, el relato tiene cierta fuerza relativa en ámbitos locales precisos y es determinante para muchos sectores estratégicos del poder. Sus bases retóricas se basan en la redención mesiánica y en la promesa de salvación que busca la purgación del pecado original de la humanidad, con el fin de purificar el alma del hombre de los vicios y de la carnalidad.

Relato Iluminista. Comienza a gestarse y a escribirse en los últimos años de la Edad Media, precisamente a partir del relato cristiano mismo y toma impulso con el Renacimiento, hasta quedar definido por completo entorno al siglo XVII. Tomará de su sucesor varios de sus elementos estructurales y se integrará con este mediante complicadas formas retóricas que no tenemos espacio aquí para desarrollar. En este caso, nos encontramos ante en relato sobre la supremacía de la Razón (que pretende desplazar y ocupar el lugar del Dios omnipotente) así como de la promesa inexorable del progreso científico y tecnológico que vendría a curar la ignorancia y la minoría de edad de la humanidad (pretendiendo disputar el lugar de la promesa divina de redención).

Relato socialista. Esta narrativa tiene su origen en las obras de los socialistas utópicos y se sistematiza con fuerza en las obras de K. Marx. Si bien es posible detectar antecedentes más tardíos, el relato como tal no se comienza a diseñar, sino hasta ese momento. De modo análogo al relato anterior, gran parte de su eficacia reside en la mimetización de la estructura narrativa del relato cristiano y en cierto modo, de su repetición estructural y mítica. Este mito, no obstante, tomará verdadera fuerza y poder en el momento del nacimiento de la URSS, a comienzos del siglo XX. En los años siguientes, constituirá una suerte de movimiento contra-hegemónico que se disputará el dominio ideológico del mundo entero contra el relato iluminista, dando lugar, de este modo, a un acontecimiento histórico sin precedentes que será conocido como la Guerra Fría. En el relato socialista, el núcleo retórico central será la lucha de clases (como absoluto que pretende desplazar a Dios y a la Razón de su lugar central), una praxis política sobre la rebelión de los débiles, así como de la emancipación de los pobres y marginados de la opresión de los ricos y poderosos. El fin: alcanzar la promesa de la plenitud terrenal que ofrece el sistema comunista (disputando así las promesas de redención y de progreso que ofrecen los relatos anteriores). Tras finalizar la guerra y tras la caída del muro de Berlín en 1989, el relato iluminista, acaba adoptando diversos elementos del relato socialista para revitalizar y renovar su imagen, adquiriendo, de este modo, una nueva vigencia apoyada en una nueva forma (pero que, estructuralmente, se mantiene idéntica): el relato socialdemócrata.

En resumidas cuentas, para construir un relato, es preciso que el autor del mismo defina: 1. Un concepto absoluto que ocupará el centro retórico de su narración y le dará un sentido completo y acabado; 2. Una promesa o resultado inexorable que se producirá cuando la intervención sobre la historia sea por fin efectiva; 3. La creación de un sujeto histórico llamado a liderar dicha transformación de los procesos históricos; y 4. Las bases morales y legales que legitimarán el uso necesario de la violencia (física o simbólica) de esta particular revolución en marcha.

El movimiento hegemónico es inseparable de sus movimientos contra-hegemónicos y, en cierto modo, forman parte de una misma estructura que se repite a lo largo de las épocas: la historia de la humanidad consiste, en pocas palabras, en la rivalidad ideológica de los relatos que nos contamos unos a otros y que reproducen, como si dijéramos, de forma obsesiva, la misma estructura jerárquica y el mismo sistema de privilegios. El que posee la hegemonía tiene acceso directo al núcleo del poder, osea: el gran privilegio de definir el sentido lingüístico de la historia. Se compite, en definitiva, por el privilegio de poder escribir la historia, con la esperanza de que esta, por fin, se rinda a los pies del hombre.

La época moderna de occidente es fruto de los renglones escritos por la nueva coyuntura narrativa que atraviesa la hegemonía socialdemócrata. Pasaremos ahora a entender y estudiar la forma en que este discurso moderno, mediante el análisis de la estructura dinámica siguiente que lo integra, va evolucionando en procesos de des-totalización y totalización, de disolución y de re-fundación, para dar lugar a cambios internos, sin alterar alguna de su estructura general:

1. Situaciones propicias. En sentido ordinario, la situación propicia es la situación facilitadora creada, a propósito, para lograr un fin. Sin embargo, un detenido análisis de la realidad revela que no existen propiedades intrínsecas en los hechos que sugieran qué tipos de acontecimientos son más propicios que otros para según que clases de fines perseguidos. El hecho, de entrada, no existe sin una interpretación de lo sucedido. El hecho es, en sentido completo, una interpretación plena de sentido político. Por eso, la inclusión de una experiencia en un discurso rebelde es la única forma de crear un acontecimiento propicio para sus fines revolucionarios. Esto produce una fractura en la hegemonía. Un instante de escepticismo y de duda puede precipitarse entonces. La herida directa al corazón mismo del orden establecido se traduce en dos cosas: menos confianza y menos legitimidad política para quienes gozan del privilegio del poder. Pero sin un nuevo discurso, sin una nueva propuesta de relato que pretenda disputar los símbolos y los conceptos del relato dominante, este acontecimiento no se dará nunca por sí mismo: se necesita demostrar que el sistema ha colapsado, que ha fracasado la representación democrática hasta entonces vigente.

2. Medios de comunicación o redes sociales. Hablamos de todos los medios de producción de la cultura. El espacio de lo público, vox populi, define aquello que es digno de ser conocido por todos y aquello que es completamente irrelevante para una sociedad. Los mass media materializan y redefinen las condiciones de posibilidad de toda propuesta discursiva en el ámbito de la política. Si se logra abrir una brecha en la hegemonía, el discurso marginal, minoritario y criminalizado puede comenzar a infectar, como si de un virus se tratara, el discurso dominante desde dentro. Los medios de comunicación hacen posible este proceso mediante la propagación de los temas más provocativos y sensacionalistas del debate institucional y contra-institucional. La propuesta minoritaria introduce, de este modo, sus términos y sus significados políticos y comienzan a rivalizar entonces con los significados de los anteriores relatos. La audiencia es llamada a implicarse, a tomar partido, a resolver la apatía democrática en la que una vez se vieron sumidos y se les obliga a opinar, a no guardar silencio. El pueblo despierta de pronto, pues resolver la apatía política significa integrar una demanda propia en un discurso colectivo y si dicho colectivo crece en número, más patente se hace la ineficiencia del sistema actual para satisfacer todas las demandas de los ciudadanos y más rápido entra en crisis el sistema. El efecto destructor se encadena: el propio sistema de representación se desacredita a sí mismo y se revela como incapaz de representar los intereses de los ciudadanos.

3. Diseño de una nueva polarización. Los discursos políticos marginales, antes expulsados o criminalizados, ahora introducidos en el sistema, comienzan a desarticularlo y a producir, en serie, sucesivas contradicciones internas. A partir de estos errores retóricos del discurso dominante, comienza a construirse un “nosotros” cada vez más amplio, que se va diferenciando de la masa institucional de la actual hegemonía, rechazando o expulsando, a su vez, un nuevo “vosotros“, un nuevo enemigo, un nuevo culpable: una nueva minoría criminal y  responsable de todos los males. Un movimiento estratégico de des-totalización se inicia: el nuevo enemigo comienza a concretizarse y se pone al descubierto, queda al desnudo, sin máscaras y sin la aureola mística que en otro tiempo lo santificaba. La polarización del pasado comienza a perder fuerza fiduciaria y la nueva polarización comienza a imponerse entre la población.

4. Fetichización de símbolos. Existen en el campo político multitud de símbolos que han sido producidos en la historia y que no reciben un significado político preciso. Son todos aquellos elementos que podríamos denominar, de forma genérica, símbolos en disputa, símbolos con el poder de seducir audiencias. Símbolos que producen una potente carga emocional (tanto negativa, como positiva) cuando se articulan en un discurso político. Se trata de símbolos a la vez sagrados y a la vez prohibidos cuyo uso está ligado a una genealogía lingüística que define los rastros de las batallas dialécticas dónde han sido convocados por las diversas ideologías que se los han disputado a lo largo de la historia. La izquierda más democrática, en la actualidad, ha logrado liderar, en muchos sentidos, el uso y el significado político de muchos de estos símbolos modernos (libertad, patria, decencia, pueblo, casta, femenino, emancipación, entre otros muchos).

5. Movimiento populista y reforma institucional. Tras una pugna más o menos prolongada, el movimiento contra-hegemónico acabará ganando terreno, confianza y liderazgo, si es capaz de lograr alimentarse de las contradicciones que comienza a generar el actual sistema hegemónico de representación. Es esta una forma de decir que el movimiento populista da una identidad política nueva al descontento social y a las demandas que quedaron insatisfechas en el anterior sistema de representación. Si esto sucede, entonces significa que el nuevo relato colectivo se ha interiorizado por completo y sólo precisa encarnarse en una estructura estatalizada para poder imponerse sobre las demás alternativas discursivas. Este movimiento popular, que no es más que la escritura de un nuevo sentido político en la historia de un pueblo o nación, precisa de un líder, de un autor, de un escritor. Un líder adecuado, por sus virtudes, para poder hablar en nombre de la nueva voluntad popular que desea ser representada por primera vez. Se produce, así, una nueva totalización democrática: el proceso de legitimación mística de la nueva hegemonía se ha completado.

Todo orden hegemónico, así como todo movimiento contra-hegemónico, son siempre ordenes ideológicos que se oponen a la realidad, pero que no pueden ignorar las consecuencias de negar la realidad. Al fin y al cabo, los propios movimientos contra-hegemónicos de los relatos, en gran parte, incorporan restos de los relatos anteriores y los continúan en una nueva dirección, renunciando a enfrentarse, de manera desnuda, a la experiencia misma de las cosas. En el caso del mito socialdemócrata, las disputas políticas son entre micro-relatos, entre relatos derivados que no se disputan nunca los límites del discurso general y que aseguran su supervivencia a largo plazo. De este modo, aun cuando los procesos democráticos den un cierto aire de revolución pacífica mediante el sencillo proceso de las urnas, en el fondo, sólo se cambia un relato por otro de la misma naturaleza, sin cambiar nunca la estructura general.

En resumidas cuentas, todo relato precisa de una cierta estructura para consolidarse de forma hegemónica. Dicha estructura debe constar de las partes siguientes: 1. Organismos que legitimen la intervención del poder en la vida cotidiana de los ciudadanos para hacer efectiva la narrativa del relato; 2. Reglamentaciones institucionales de las relaciones de dominación así establecidas para dicho fin; 3. Sistemas de dominación cultural y artística que propaguen los símbolos del estado; y 4. Sistemas represivos de control que aseguren el ejercicio citado en los ordinales precedentes.

El fin de la hegemonía requiere, en pocas palabras, de la detención total del juego político, es decir, de la asunción de una cierta experiencia fronteriza: la desobediencia civil. La razón de esta reacción política reside en una afirmación muy sencilla: aquellos que mandan reciben su autoridad del consentimiento directo de los gobernados, si estos retiran su consentimiento, vuelven absurdas las relaciones de poder. Este consentimiento se materializa, en cada ocasión, en la obediencia ciega y en el temor que inducen los símbolos del gobierno: su policía, sus cárceles, sus colegios y sus universidades. Enfrentarse a la hegemonía es contribuir a la paralización del sistema de cualquier modo agorista imaginable, es decir: dejar de actuar y de comprometerse con él, renunciando a comportarse como si uno fuera un esclavo y comenzar a pensar de forma independiente. Desobedecer es superar la arrogancia intelectual de ese imperativo pseudoactivista que impone intervenir siempre sobre algo en lugar de permitir que las cosas sigan su curso natural. Desobedecer es aprender a dejar que la historia se realice por sí misma generando sus propios incentivos dinámicos, sin pensar en intervenir de manera centralizada para regular su curso espontáneo de escritura. La hegemonía se fundamenta en un centro, por eso la acción libertaria debe provenir de un proceso de desplazamiento radical y destrucción total del eje central, es decir: del límite del sentido del relato que domina el curso de la historia actual. La acción libertaria debe atacar el centro neurálgico del relato y no perderse en las madejas y los hilos de los microrelatos subsidiarios que este genera constantemente para colonizar nuevos territorios y espacios sociales. Descentralizar no supone, como sucede con los movimientos políticos de la competencia entre partidos, una inversión del sistema (es decir, un cambio en el sistema de privilegios) sino la desarticulación definitiva de todo sistema de privilegios alguna vez concebido por el hombre. Es decir: la desarticulación de todos los centros arbitrarios de poder y de sus redes institucionales de influencia.

A lo largo de la historia, el hombre ha tratado de cambiar el mundo. Aún hoy, el hombre se niega a reconocer que es incapaz de cambiar el mundo. El hombre no es el centro de la historia, sino que la historia es autónoma e independiente del hombre. La gran lección de nuestro tiempo es que debemos aprender a cambiar el curso de nuestras vidas sin caer en la violenta arrogancia de los movimientos revolucionarios. La apuesta de este escrito es que el pensamiento libertario está llamado a ser, en el futuro, la contra-revolución por excelencia: la fuerza inercial de un movimiento contra-político y anti-político que acabará con el dogmatismo ideológico de los grandes relatos.