Este artículo pretende analizar, de la forma más rigurosa posible, el lenguaje del colectivismo a la luz de los conceptos políticos de socialismo y hegemonía. El objetivo es desmontar su sentido retórico y revelar las inconsistencias de su funcionamiento pragmático. Para tratar el problema en profundidad debemos entender que debemos analizar a los intelectuales, a sus ideas y a la evolución social de las mismas, desde un enfoque comprensivo y global. Me serviré, para ello, del modelo general sobre el carácter y evolución histórica de las ideas propuesto por la Stanford University Press (Madmen, Intellectuals, and Academic Scribblers , 2012).

El esquema explica, de una forma sencilla que, en la tensión conflictiva de los movimientos espontáneos de la sociedad, surge siempre un grupo selecto de individuos que son capaces de colocarse en la vanguardia de la civilización y ver más allá de las convenciones y tradiciones de su tiempo. Estos individuos tienen una idea, un modelo sobre como debe ser la sociedad del mañana. Estas ideas, opuestas en su mayoría unas a otras, comienzan a competir entre sí en diversos entornos políticos y sociales, en debates y en las tertulias de los medios de comunicación. De este modo se van re-interpretando, re-escribiendo y re-elaborando de diversas formas; a poco que comienzan a propagarse, comienzan a venderse, a comercializarse; se escriben ensayos, se hacen películas y se materializan en cuadros o en obras literarias de éxito. Muchas de ellas alcanzan este nivel de dominio cultural, al menos durante un tiempo. No obstante, son pocas las ideas que acaban transformándose en instituciones de relevancia para la sociedad en su conjunto. Estas instituciones (que pueden ser espontáneas o artificiales) constituyen los modelos normativos que rigen el funcionamiento de la sociedad y coordinan las acciones de los agentes en una dirección concreta, protegiendo a los individuos de la incertidumbre inerradicable del futuro. Cuando estas instituciones surgen en una sociedad abierta, son capaces de generar una fuente independiente y continua de nueva información que, rapidamente, comienza a ser trasmitida a partir de diversas señales. Estas señales sintetizan, como si dijéramos, fuentes inagotables de conocimiento histórico sobre las interacciones libres y voluntarias entre los individuos que actúan a través de esas instituciones; individuos que, por otra parte, protagonizan de manera tácita y performativa, diversos sistemas de incentivos que limitan y dan sentido moral y político a sus acciones deliberadas. Esas acciones, como no podían ser de otra manera, tienen consecuencias reales en el mundo que nos rodea, produciendo efectos irreversibles y profundos en su funcionamiento. Es decir, que nos ofrecen unos resultados que, o bien son aquellos que esperábamos, o bien son todo lo contrario.

Ahora bien, ¿en qué consiste una idea política? ¿qué consecuencias tiene la politización de un hecho determinado? Es esencial comprender, en primer lugar, que la naturaleza de este tipo de discurso es profundamente metafísico. En segundo lugar, se apoya en un hecho empírico, si bien pretende trascenderlo. El discurso político necesita de un acontecimiento, de un estado de cosas que, en principio, nada tiene de relevante para la sociedad. La politización supone que, un hecho sin importancia, pueda convertirse en una herramienta social con poder de influencia en el consenso institucional y con poder para cambiar el funcionamiento tradicional de la sociedad. Teniendo esto presente, enuncio la tesis que intentaré demostrar a continuación: el propio acto de politizar un hecho es, en sí mismo, el acto colectivista por excelencia. Veamos ahora la razón que justifica esta afirmación.

La politización de un discurso tiene la particularidad de convertir un asunto privado en un problema de interés público. Esta es, de hecho, su definición convencional. Para lograr esto, el hecho en cuestión debe ser articulado o presentado mediante un modelo del mundo o relato, que se estructure en base a los siguientes elementos: 1. Una polarización entre amigos y enemigos, o bien entre culpables y víctimas; y 2. Una alternativa de acción que hubieran producido un resultado mucho más favorable de haberse hecho las cosas de otra manera. Estos son los dos ejes retóricos del marco lingüísticos de todo discurso político. Su objetivo es convencer y crear colectividades. Grupos en oposición continua: enfrentamientos y conflictos dialécticos (no necesariamente violentos). Este discurso, por definición, pretende conmover a los ciudadanos y dividir a la población en partidarios y detractores, tanto de la tesis de polarización sugerida, como de la alternativa propuesta para su solución. La politización de un hecho consiste en la creación de un discurso de pertenencia: la creación de un “nosotros” y de un “vosostros” que pueden entrar en pugna. Por eso, el discurso político es anterior a la disputa misma. Es más, es el eje vertebrador del sentido de la disputa y de las negociaciones de una sociedad. Define, en fin, las condiciones lingüísticas sobre las que se desarrollarán los conflictos del futuro: la constitución de los bandos en pugna y la constitución de las lealtades. De este modo, un problema personal y privado, que debería incumbir sólo a los individuos mismos, y a nadie más, se transforma entonces en una demanda colectiva articulada dentro de un relato victimista que despoja a los sujetos de su independencia. El discurso, así colectivizado, se dirige a la administración general del Estado para que resuelva el problema denunciado, apelando a su autoridad para  representar, de forma mística, los intereses de los propios individuos (que quedan así desposeidos, en el acto, de su autonomía defensiva).

El resultado es la construcción dialéctica de un conflicto social (violento o pacífico) que se organiza retóricamente bajo los sistemas de incentivos propios de los juegos de suma cero. Por esta razón, la construcción de un programa político está siempre condenada a fracasar, pues se salda con el descontento y la derrota de una parte de la población a favor de la otra. Por eso la política es la actividad colectivista por excelencia, pues consiste en la creación de bandos enfrentados que aspiran a ser el grupo de presión más influyente y dominante, para poder así imponer su moral y su ley a todos los demás. Es la actividad que construye y actualiza, con cada nuevo enfrentamiento, las reglas tácitas e institucionales de su perverso juego: para que unos ganen, los otros deben perder.

La democracia es el sistema político más moderado que se deriva de la politización de los hechos del mundo; pero al igual que otros modelos políticos más radicales (monarquía, dictadura, fascismo) se rige por los mismos sistemas de incentivos. Se le aplicaría, por tanto, la siguiente definición (en paráfrasis) del conocido escritor liberal, F. Bastiat: la democracia es la ficción concebida por la sociedad para que unos puedan vivir, legítimamente, del trabajo de los demás.

La pregunta ahora sería: ¿y cómo un sistema de incentivos tan injusto ha logrado la legitimidad que ha logrado? O de otro modo: ¿cual es el origen de la legitimidad política de las democracias y del modelo colectivista que las sostiene? Para responder a estas pregunta necesitamos introducir un nuevo concepto: hegemonía. La hegemonía, como concepto fundamental para la filosofía política contemporánea, fue propuesto por el pensador comunista Antonio Gramsci (1891-1937). Para el autor en cuestión, este concepto es la medida teórica del grado de consenso y acuerdo en una organización social dada. Representa, en última instancia, la capacidad de la clase política o de un grupo de interés para imponer al resto de la sociedad un sistema de significados propios (acerca de cómo es y cómo debería ser el mundo). Mediante un mito colectivo (trasmitido y sedimentado en las instituciones educativas, religiosas y los medios de comunicación), los intereses ideológicos y privados del partido político o del grupo en el poder, son aceptados y reconocidos como propios por parte de sus ciudadanos: de este modo y de forma consentida, se permite la subordinación de los intereses reales de las individuos agregados en una sociedad, a los intereses particulares de una minoría privilegiada.

La hegemonía es el orden lingüístico e institucional de la ideología colectiva capaz de lograr cierto consenso social general y estable, si bien no acabado del todo, y sujeto a fisuras y conflictos. En nuestra época actual, el discurso hegemónico es el relato de la socialdemocracia representativa. La potencia de su consenso, en última instancia, hace más tolerable y aceptable los mecanismos coercitivos que el Estado necesita llevar a cabo para poder dotar de un contenido coordinador a todas sus políticas intervencionistas en todos los ámbitos económicos y civiles bajo su control. Sin la existencia de esa hegemonía, de ese consenso tácito e implícito de los ciudadanos con las instituciones, los gobiernos se verían obligados a someterlos por la fuerza de una forma manifiesta y brutal.

El orden hegemónico, en la actualidad, se basa en premisas colectivistas y socialistas. El consenso es socialdemócrata. Por doquier se oyen las consignas siguientes: “la sociedad debe ser gobernarla”, “los ciudadanos deben ser ordenados, controlados, vigilados y protegidos” o bien “se debe asegurar la cooperación social desde arriba”. El modelo izquierdista propone un juego retórico que promueve, en el sistemas de privilegios estatales, una inversión total y radical de los sistemas jerárquicos que lo forman ( de este modo,  los oprimidos, los débiles, los fracasados, pueden tomarse ahora la revancha contra los opresores, los fuertes y los exitosos). No obstante, esto no supone, en el fondo, una auténtica desarticulación del sistema de incentivos del Estado. Por eso, las soluciones propuestas por los socialistas no son más que meras repeticiones de los mismos errores intelectuales del pasado. El auténtico movimiento contra-hegemónico, por definición, deberá ser el movimiento libertario: un movimiento que, por su naturaleza, debe renunciar a la forma tradicional de hacer política. El nuevo espectro de Europa será el pensamiento libertario: sólo hay que esperar que sus intelectuales despierten de su sueño dogmático.

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